El Ladrillo Boomerang.

Había una vez un extraño hombre, que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Cada vez que alguien lo molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo.

Un día se cruzó con un amigo prepotente que le habló de malos modos. Fiel a su decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró. Después de la pelea, tener que ir a buscar el ladrillo le pareció bastante incómodo, así que decidió mejorar “el sistema de autopreservación del ladrillo” como él lo llamaba.

Ató la piedra a una cuerda de un metro, lo cual permitía que el ladrillo nunca se alejara demasiado, que era lo que buscaba. Desgraciadamente, el nuevo método también tenía sus problemas; por un lado la persona destinataria de su ira debía estar a menos de un metro, y por el otro, después de arrojar el ladrillo, tenía que tomarse la molestia de recoger el hilo que se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.

Entonces, el hombre inventó un nuevo sistema. Seguía tratándose del mismo ladrillo, pero este sistema, en lugar de una cuerda llevaba un resorte. Ahora el ladrillo podía lanzarse y regresaría solo.

Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró y no pegó en su objetivo, y al actuar el resorte, el ladrillo volvió y dio justo en la cabeza del hombre. Lo volvió a intentar, y recibió un segundo ladrillazo por medir mal la distancia. El tercero por arrojar el ladrillo a destiempo. El chichón que se hizo era enorme. En cualquier caso, el hombre jamás llegó a pegar un ladrillazo a nadie. Todos los golpes que lanzó el hombre, siempre fueron para él mismo.

Este mecanismo se llama “retroflexión”. Consiste en proteger a los demás de nuestra propia agresividad. Cada vez que lo hacemos, nuestra energía agresiva y hostil se detiene justo antes de llegar a su destino gracias a una barrera que nos imponemos nosotros mismos. El problema es que esta barrera no absorbe el impacto, sino que tan solo lo refleja, y todo ese enfado, mal humor, agresión, se vuelve contra nosotros mismos a través de conductas de autoagresión (automedicación, autolesión, darse atracones de comida, etc.).

Resultaría muy útil no tener que enfadarnos nunca, sin embargo, una vez que sentimos la ira, el enfado o la frustración, la única manera de librarse de ellos es sacándolos fuera, de lo contrario, lo único que conseguimos, más tarde o más temprano, es enfadarnos con nosotros mismos.

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