Corría el año 1966 y el director de cine italiano Sergio Leone había dado con la tecla acertada para revivir un género cinematográfico que había muerto. Lo había matado y enterrado, apenas cuatro años antes, el mismo individuo que lo dotó de la personalidad, la poética y el misticismo que harían del western el género más importante para entender qué era el cine y, a su vez, cómo se había construido la nación estadounidense.
En el año 1962, John Ford sepultó con El hombre que mató a Liberty Valance aquella lírica iniciada por él mismo con La diligencia en 1939 y que daría resultados tan clásicos como icónicos a través de la visión de creadores totales como el propio Ford, Howard Hawks, Anthony Mann o Raoul Walsh. Pero los años sesenta no eran los adorables y entrañables cincuenta. Ahora había otros debates sociales, otras preocupaciones que los cineastas comenzaban a atender y, con ello, comenzó una desmitificación del género, mutando el canon hacia terrenos más bastardos, pero igualmente exitosos, como los de Sam Peckinpah y su Grupo salvaje (1969).

El arte cinematográfico, que había encontrado en los Estados Unidos un terreno fértil de abono, llegaba a una Europa en plena reconstrucción tras los desastres de la Segunda Guerra Mundial. Y de todas las películas que llegaban, serían aquellas del Oeste las que más fascinarían a toda una generación de creadores que tratarían de imitar a los maestros del cine clásico. Los italianos Sergio Corbucci y Sergio Sollima, o el genial creador español Joaquín Romero Marchent, fueron abriendo un complicado camino que acabaría de concretar el mejor creador de la época: Sergio Leone.
Antes de dirigir El bueno, el feo y el malo, Leone se había ganado el respeto de sus iguales europeos al fundar esa trilogía protagonizada por un hombre sin nombre (Por un puñado de dólares, 1964; La muerte tenía un precio, 1965), que eclosionaría con la gran ópera del subgénero conocido con el nombre de spaghetti western. La obra de Leone parte de la fascinación por lo clásico, haciendo de ella un ejercicio manierista. En toda su filmografía se denota una pormenorizada atención al tratamiento del paisaje dado por John Ford o Anthony Mann, así como un estudio mitográfico de esas figuras protagonistas de los filmes norteamericanos para, en sus westerns, crear un personaje lacónico, apartado de los cánones y arquetipos de la década anterior, aunque manteniendo su misma iconografía.
Es cierto que puede haber precedentes del personaje al que da vida Clint Eastwood —Ethan Edwards posee un centenar de hijos bastardos en Hollywood—, pero el mutismo de la figura, acompañado de una ambientación única fruto de la genial imaginación de Leone, elevó al personaje protagonista de la Trilogía del Dólar a los altares del Olimpo cinematográfico.

El nuevo lenguaje cinematográfico incorporaba novedades que serían nucleares para el nuevo cine de explotación, como la visceralidad de las imágenes y el hiperdetallismo en la configuración de los primeros planos, para causar una mayor sensación de tensión en el espectador, bien de manera directa, como en el triello final de la trilogía, o bien de manera indirecta, buscando adentrarse en la psicología de los personajes. También mitificaba los elementos de la guerra, como rifles, pistolas o ametralladoras… muchas ametralladoras.
Durante el rodaje del filme, Leone decidió ir un paso más allá en la celebración del género. Los cineastas europeos no podían ir a Estados Unidos a rodar, por lo que tuvieron que buscar entre los recursos que tenían más cerca. Y España surgió como un enclave mágico para este fin, bien con el famoso desierto de Tabernas, con las infinitas montañas de Huesca en Condenados a vivir (1972) o, por supuesto, con el famoso cementerio de Sad Hill, en esta nuestra provincia. Ya que nuestros directores no pudieron grabar en el legendario Monument Valley, se crearon sus propios paraísos fílmicos en España. Y si hay un solo lugar, dentro de la historia del género, que puede equipararse a la belleza de Monument Valley, ese es nuestro cementerio de Sad Hill.

Quizás, sin la capacidad superdotada de Leone para crear escenas de tensión —véase el inicio de Hasta que llegó su hora (1968)—, Sad Hill no sería lo mismo. Parece casi un espacio imposible, un sueño metafórico de lo que estamos presenciando. Y es que todos acabaremos bajo tierra. Tanto los tres individuos que se van a matar a balazos como los que estamos detrás de la pantalla. Simplemente estamos aguardando a que llegue el momento y esa espera es lo que Sergio Leone estira al máximo para, con ello, estirar todo lo posible nuestra presencia en este mundo.
Y qué bonita es esa espera. Más aún si la llenamos de películas. Y de historias… todas ellas tan bonitas como la de la Asociación Sad Hill, que lleva más de una década luchando por dotar al Cementerio de Sad Hill, nuestro Monument Valley particular junto con el desierto de Tabernas, de la atención y el cuidado que se merecen.
La poética del cine y la poética del western hacen que lo real se mezcle con la ficción, como sucede con los sueños. Por otros sesenta años más para el western y para Sad Hill.





