A hombros de gigantes

Manuel Sastre Sánchez

Entre el aburrimiento veraniego y la impaciencia, me encontraba leyendo “Como se hace una tesis”, del autor italiano Umberto Eco. Me precipito, sí, pues sólo empiezo ahora mi tercer año de carrera, así que aun en el supuesto de que lo leyese con motivo de mi trabajo de fin de grado y no de un trabajo incluso posterior, todavía me queda más de un año para empezarlo. Sin embargo, me resulta interesante, claro, conciso y útil. Por si alguien se anima a leerlo.

Pero no vengo a hacer un comentario. En el libro, el escritor sostiene que debemos partir del camino ya trazado por otros autores, mayores o menores. Aduce, entre otras razones, que para los profesores y tribunales será así más difícil tumbar o contraargumentar la tesis. Pero, aunque este truco no fuera cierto, me seguiría encontrando de acuerdo con él. ¿Quién puede si no reflexionar sobre un tema profundo? ¿Qué argumento sobre un tema relevante no necesita un punto de apoyo inicial? Es muy difícil argumentar desde un inicio, por propia lógica, sin unas bases ya establecidas.

Recuerdo la primera vez, hará ya unos tres o cuatro años, que eché un ojo sobre El Contrato Social, de Jean-Jacques Rousseau. En él, para expresar que todo hombre tiene derecho a ser libre dice: Renunciar a su libertad [la del ser humano] es renunciar a su condición de hombre, a los derechos de la humanidad y aun a sus deberes. No hay resarcimiento alguno posible para quien renuncia a todo. Semejante renuncia es incompatible, con la naturaleza del hombre: despojarse de la libertad es despojarse de moralidad.

Deduce así que ningún ser humano puede hacerse esclavo si no es por la fuerza, puesto que, si el esclavo no tiene libertad, tampoco tendría responsabilidad, ni siquiera la de obedecer a su amo, lo cual es contradictorio con ser esclavo. Se puede extraer mucho más de este ejemplo, pero no es esa la cuestión que nos ocupa, sino que Rousseau, como gigante que es, hace una deducción (en este caso) sin partir de los razonamientos de otros, sino haciendo uso sólo de su propia lógica. En el resto del libro, no obstante, no son pocos los filósofos que cita y en los que se basa.

Seguir los cauces de otros no nos hace menos trabajadores ni menos originales, sino más humildes intelectualmente. En la Edad Media (esto lo cuenta también el libro de Umberto Eco), los pensadores tenían exagerado y excesivo respeto por la autoridad de los autores anteriores. Esto es, la mayor fuente de verdad para ellos no era la verdad empírica ni razonada, sino la correspondencia con las fuentes anteriores, especialmente La Biblia y Aristóteles.

A pesar de ello, afirmaban que al apoyarse ellos en los anteriores, se convertían en enanos a hombros de gigantes y que, gracias a ello, su vista llegaba más lejos que la de sus predecesores. Todo químico actual conoce más la química que el maestro Lavoisier, pero eso no debería hacerles menospreciar su genialidad. Si seguimos los caminos de los maestros, manteniendo siempre nuestra propia inventiva y creatividad intactas, no nos limitamos; crecemos y enriquecemos nuestra propia imaginación.

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